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A veces, no es debilidad, sino agotamiento.

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Por:  Ebony Lafontaine

 

¿Cuántas veces te has juzgado por sentirte cansada emocionalmente?

Vivimos en una cultura que asocia el valor con la productividad, el sacrificio con el amor y la resistencia con virtud. Sin embargo, el agotamiento emocional no es pereza ni debilidad: es el resultado de una sobrecarga persistente, invisible y, muchas veces, normalizada en la vida de las mujeres.

Estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2021) señalan que el síndrome de agotamiento emocional afecta de forma desproporcionada a las mujeres, sobre todo a aquellas que enfrentan una doble jornada: laboral y doméstica. El malestar se disfraza de “fortaleza” y el cuerpo lo expresa cuando ya no puede más.

El precio invisible del aguante

Ser fuerte todo el tiempo no es una virtud, es una exigencia cultural. Desde pequeñas, muchas mujeres aprenden que su rol es cuidar, resolver, contener… y hacerlo sin quejarse. Este mandato de abnegación está profundamente arraigado y ha sido ampliamente documentado por la literatura feminista y los estudios sobre género (Gilligan, 1982; Lagarde, 2000).  El informe de McKinsey & Company (2022), realizado junto a Lean In, evidenció que el 43% de las mujeres en América Latina reportan sentirse emocionalmente agotadas por la carga mental y afectiva que recae sobre ellas, incluso más allá de sus funciones laborales. Se espera que estén disponibles para todos… menos para sí mismas.

Reconocer el agotamiento es un acto de amor propio

El agotamiento no siempre se nota en forma de lágrimas o gritos. A veces aparece como irritabilidad, desmotivación, sensación de vacío, llanto sin razón aparente o el deseo constante de estar sola. Según la psicóloga clínica Emily Nagoski (2019), autora del libro *Burnout: The Secret to Unlocking the Stress Cycle*, el estrés emocional sostenido sin posibilidad de recuperación produce un desgaste profundo que afecta el sistema inmunológico y el bienestar psicológico.

Reconocerlo es el primer paso para interrumpir el ciclo de autoexigencia. Y validar el cansancio no es rendirse: es una forma de reclamar tu humanidad. No se trata de dejar de ser fuerte, sino de dejar de exigirte fortaleza a costa de tu salud.

¿Qué puedes hacer?

  • Haz pausas conscientes. La pausa es resistencia. Incluso 15 minutos de descanso al día ayudan a restaurar el equilibrio.
  • Nombra lo que sientes. Ponerle palabras al malestar reduce el peso emocional del silencio.
  • Delega sin culpa. No eres indispensable para todo el mundo. Tú también mereces sostén.
  • Busca espacios seguros. Terapia, redes de apoyo, grupos de mujeres. El autocuidado no es un privilegio: es una necesidad.
  • Desobedece el mandato del sacrificio. Tu valor no está en cuánto te aguantas, sino en cuánto te reconoces.

No te exijas volver a ser la misma. Date permiso de sentirte cansada. El cuerpo no es una máquina, y el alma tampoco.

Estar cansada no te hace débil. Te hace real.

Ebony Lafontaine

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